Siento que Londres está perdiendo el alma que me hizo amarlo. Esa alma que impregnaba cada rincón, calle y plaza y que dio origen a mi pasión, aunque no exclusiva, por la fotografía callejera. Uno a uno, los viejos edificios de los viejos barrios se van derrumbando y, en su lugar, se levanta una arquitectura moderna, asombrosa, estupenda, pero cada vez más fría y pobre que esa humanidad cosmopolita y vivaz alimentada por la historia de un pasado colonial; por la atracción que ejerce sobre personas de pueblos lejanos en busca de un lugar mejor para vivir; de la vocación por toda forma de entretenimiento no sólo dentro de las paredes de los numerosos teatros, sino también en las calles, en las plazas, en las estaciones del metro donde incluso los anuncios al público pueden convertirse en virtuosas interpretaciones musicales; de una naturaleza conservadora irresistible y, al mismo tiempo, de una irreverente propensión a romper moldes a costa de homologaciones rancias. Quizás sólo tuve tiempo para respirar esa atmósfera mágica que se desvanece rápidamente. Mis fotografías son el cofre del tesoro.